PEDAGOGÍA DE LA CULTURA.

BASADA EN LOS PLANTEAMIENTOS DE AMÍLCAR CABRAL, FRANTZ FANON Y PAULO FREIRE (PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO)

"Reprimida, perseguida, humillada, traicionada por un cierto número de categorías sociales comprometidas con el extranjero, refugiada en los pueblecitos, en los bosques y en el espíritu de las víctimas de la dominación, la cultura sobrevive a todas las tempestades, para recuperar gracias a las luchas de liberación, toda su facultad de florecimiento." (Amílcar Cabral).

AMÍLCAR CABRAL: El revolucionario africano más notable, nació en 1924 en Guinea Bissau, la más pobre de las colonias portuguesas en África. Ingeniero agrónomo, brillante guerrillero y poeta, fue fundador del PAIGC (Partido Africano para la independencia de Guinea Bissau y Cabo Verde.) en 1959. El PAIGC surgió como un movimiento de liberación en contra del colonialismo portugués y , ante la intransigencia de éste, tuvo que tomar las armas para conquistar su independencia.

En un intento desesperado por detener en proceso de liberación, las fuerzas armadas colonialistas asesinaron a Cabral el 20 de enero de 1973. En septiembre de ese año el PAIGC, declaraba unilateralmente su independencia y se constituía en estado soberano.

FRANTZ FANON nació en Martinica, colonia francesa de las Antillas. Estudió medicina y psiquiatría en París y se distinguió por su brillantez. En 1955 se fue a trabajar a Argelia.

Las características de la dominación colonial en Argelia aceleraron el proceso de toma de conciencia de Fanon, quien militó en las filas del movimiento de liberación que encabezó la lucha armada por la independencia (1954-62). Fanon murió en 1961, a los 36 años de edad, antes de que Argelia obtuviera su independencia. Es innegable la influencia enorme de Fanon en el pensamiento político de los revolucionarios africanos.

PAULO FREIRE: Educador-político brasileño. Nació en 1921 y dedicó su vida a la búsqueda de nuevas alternativas educativas a favor de una sociedad más justa. Una de sus tesis más conocidas "la cultura del silencio", tuvo una influencia decisiva en el pensamiento de Amílcar Cabral. Freire en sus años de exilio a raíz del golpe de estado en Brasil, tuvo la oportunidad de trabajar en varios países africanos, incluido Guinea Bissau. A su vez Freire quedó profundamente influido por el pensamiento de Cabral.

Amílcar Cabral

La dominación imperialista, con todo su cortejo de miserias, pillajes, crímenes y destrucción de los valores humanos y culturales no ha sido más que una realidad negativa. La inmensa acumulación del capital en una media docena de países del hemisferio Norte, como resultado de la piratería, del saqueo de los bienes de otros pueblos y de la explotación desenfrenada del trabajo de dichos pueblos, no engendra más que el monopolio en las colonias, la repartición del mundo y la dominación imperialista.

La dominación imperialista sobre los diversos continentes, favoreció una confrontación multilateral y progresiva no solamente entre hombres diferentes sino aún entre sociedades diferentes. La práctica de la dominación imperialista, su afirmación o su negación, exigió (y exige todavía) el conocimiento más o menos correcto del objeto dominado y de su realidad histórica (económica, social y cultural), en el seno de la cual este conocimiento se transforma expresándose necesariamente en términos de comparación con el sujeto dominador y con su propia realidad histórica. Tal conocimiento es una imperiosa necesidad para la práctica de la dominación imperialista, que resulta de la confrontación, en general violenta, de dos identidades distintas en su contenido histórico y antagónico en sus funciones.

El hecho de que los movimientos de independencia generalmente estén marcados, desde su fase inicial, por un desarrollo de las manifestaciones de carácter cultural hace que se admita que dichos movimientos están precedidos por un "renacimiento cultural" del pueblo dominado. Inclusive, se va más lejos al admitir que la cultura es un método de movilización de grupo y hasta una arma en la lucha por la independencia.

Con base a la experiencia de nuestra propia lucha, y si se nos permite decir de toda África, estimamos que ésta es una concepción demasiado limitada, si no errónea, del papel primordial de la cultura en el desarrollo del movimiento de liberación. Deriva, pensamos, de una generalización incorrecta de un fenómeno real pero restringido que se sitúa en un nivel determinado de la estructura vertical de las sociedades colonizadas, en el nivel de las élites o diásporas coloniales. Este descuida un dato esencial del problema: el carácter indestructible de la resistencia cultural de las masas populares frente a la dominación extranjera.

Ciertamente la práctica de la dominación imperialista exige la opresión cultural y la tentativa de aniquilación directa o indirecta, de los rasgos esenciales de la cultura del pueblo dominado. Más este último siempre está en condiciones de crear y desarrollar el movimiento de liberación, porque mantiene viva su cultura a pesar de la represión permanente y organizada en su contra, pues, aunque su resistencia político-militar sea aniquilada seguirá resistiendo culturalmente. Y es la resistencia cultural la que, en un momento dado, puede tomar nuevas formas (política, económica, armada.) para impugnar la dominación extranjera.

La identidad de un individuo o grupo humano dado es una cualidad bio-sociológica independiente de la voluntad de dicho individuo o grupo. La naturaleza dialéctica de la identidad reside en el hecho de que a la vez identifica y distingue, es decir, un individuo o grupo humano sólo adquiere identidad, si es igual a ciertos individuos (o grupos) y diferente de otros. La definición de una identidad individual o colectiva, es por tanto, al mismo tiempo, la afirmación y la negación de cierto número de características que definen a los individuos o colectividades, en función de coordenadas históricas (biológicas y sociológicas) en algún momento de su evolución. En efecto la identidad no es una cualidad inmutable, precisamente porque los datos biológicos y sociológicos que la definen están en evolución constante. Biológica y sociológicamente, no hay, en el tiempo, dos seres (individuales o colectivos) absolutamente idénticos o absolutamente distintos, pues siempre es posible encontrar en ellos características que los distinguen o que los identifican. También la identidad de ser es siempre una cualidad relativa, incluso circunstancial, pues su definición exige que se seleccionen, más o menos de manera rigurosa o restrictiva, las características biológicas y sociológicas del ser en cuestión.

La identidad que hay que tomar en cuenta en un momento dado de la evolución de un ser (individual o colectivo) es la identidad actual, ya que toda apreciación hecha únicamente sobre la base de su identidad originaria e incompleta, parcial y falseada, pues descuida o ignora la influencia decisiva de la realidad social sobre el contenido y la forma de la identidad.

En la formación y desarrollo de la identidad individual o colectiva, la realidad social es un agente objetivo, resultado de los factores económicos, políticos, sociales y culturales que caracterizan la evolución o historia de la sociedad en cuestión. La identidad es, de algún modo, la expresión de una realidad económica.

La cultura es la síntesis dinámica de la realidad material y espiritual de la sociedad y que expresa las relaciones tanto entre el hombre y la naturaleza, como entre las diferentes categorías de hombres, en el seno de una sociedad se puede afirmar que la identidad es el nivel individual o colectivo y más allá de la realidad económica, la expresión de una cultura. Por eso atribuir, reconocer, o afirmar la identidad de un individuo o grupo, es ante todo situar a este individuo o grupo en el marco de una cultura.

Se debe observar que el comportamiento de la potencia colonial, en relación con los grupos étnicos, denota una contradicción insoluble: por una parte, tiene que dividir o mantener la división para reinar y, por esta razón, favorece la separación, cuando no las pugnas entre los grupos étnicos; por otra parte, con el fin de asegurar la perpetuidad de su dominación, necesita construir la estructura social de esos grupos, su cultura, y, por consiguiente, su identidad.

Una apreciación correcta del papel de la cultura en el movimiento de la pre-independencia o de liberación exige que se haga una clara distinción entre cultura y manifestaciones culturales. La cultura es la síntesis dinámica en el nivel de la conciencia del individuo o de la colectividad, de la realidad histórica, material, espiritual, de una sociedad o de un grupo humano, de las relaciones existentes, tanto entre el hombre y la naturaleza, como entre los hombres y las demás categorías sociales. Las manifestaciones culturales son las diferentes formas por las cuales esta síntesis se expresa, individual o colectivamente, en cada etapa de la evolución de la sociedad o del grupo humana en cuestión.

Se comprueba que la cultura es el fundamento mismo del movimiento de liberación, y que sólo las sociedades que preservan su cultura pueden movilizarse, organizarse y luchar contra la dominación extranjera. Es en ella donde reside la capacidad de elaborar o fecundar elementos que aseguren la continuidad de la historia y determinen, al mismo tiempo, las posibilidades de progreso en la sociedad. Se comprende así que siendo la dominación imperialista la negación del proceso histórico de la sociedad dominada, sea necesariamente la negación de su proceso cultural. Por eso, porque una sociedad que se libera verdaderamente del yugo extranjero, vuelve a tomar los caminos ascendentes de su propia cultura, la cual se alimenta de la realidad viviente del medio y niega tanto las influencias nocivas como toda clase de sometimientos a culturas extranjeras, la lucha de liberación es ante todo, un acto de cultura y un hecho esencialmente político.

La cultura, por lo tanto, no es ni puede ser un arma o método de movilización de grupo contra la dominación extranjera. Es mucho más que eso. En efecto, está en el conocimiento concreto de la realidad local. En particular la realidad cultural, en la que se funden la elección, la estructuración y el desarrollo de los métodos más adecuados para la lucha.

Conviene no olvidar que la cultura, como resultante y determinante de la historia, trae consigo elementos esenciales y secundarios, fuerzas y debilidades, virtudes y defectos, aspectos positivos y negativos, factores de progreso y de estancamiento, contradicciones e incluso conflictos. Sea cual fuere la complejidad de este panorama cultural, el movimiento de liberación necesita reconocer y definir los datos contradictorios para preservar los valores positivos y poder esperar la confluencia de esos valores en el sentido de la lucha y en marco de una nueva dimensión (la dimensión nacional).

Sólo la lucha revela cómo y hasta dónde la cultura es para las masas populares una fuente inagotable, de valentía, de energía física y psíquica, pero también de obstáculos y dificultades, de convicciones equivocadas, de desviaciones en el cumplimiento del deber y de limitaciones del ritmo y de la eficacia de la lucha.

Una acción recíproca se desarrolla así entre la cultura y la lucha. La cultura fundamento y fuente de inspiración, se refleja de manera más o menos evidente en la evolución del comportamiento de las categorías sociales y de los individuos así como en el desarrollo de la lucha misma. Tanto dirigentes como las masas populares en el proceso de lucha mejoran su nivel cultural: adquieren un mayor conocimiento de las realidades de su país, se liberan de complejos y prejuicios de clase, superan los límites de su universo, destruyen las barreras étnicas, consolidan su conciencia política, se integran más estrechamente a su país y al mundo...

Un análisis objetivo de la realidad cultural conduce a negar la existencia de culturas raciales o continentales. Primeramente porque la cultura, como la historia, es un fenómeno en expansión e íntimamente ligado a la realidad económica y social del medio, al nivel de las fuerzas productivas y al modo de producción de la sociedad que la creó.

He aquí por qué la cultura -creación de la sociedad y síntesis de los equilibrios y de las soluciones que engendra para resolver los conflictos que la caracterizan en cada fase de la historia-es una realidad social independiente de la voluntad de los hombres, del color de su piel, de la forma de sus ojos o de los límites geográficos.

Lo que para el movimiento de liberación importa no es probar la especificidad o no especificidad de la cultura del pueblo, sino proceder al análisis crítico de esa cultura en función de las exigencias de la lucha y del progreso y de situarla, sin complejo de inferioridad o de superioridad, en la civilización universal, como una parcela del patrimonio común de la humanidad, en la perspectiva de una integración armoniosa en el mundo actual.

La lucha de liberación, que es la expresión más compleja del vigor cultural del pueblo, de su identidad y de su dignidad, enriquece la cultura y le abre nuevas perspectivas de desarrollo. Las manifestaciones culturales adquieren un contexto nuevo y encuentran nuevas formas de expresión. Se vuelven así un instrumento poderoso de información y de formación política, no solamente en la lucha por la independencia sino aún en la gran batalla por el progreso.

Cuando Goebbels, el cerebro de la propaganda nazi, oía hablar de cultura, sacaba su pistola. Esto muestra que los nazis aún en el supuesto caso de que todos fueran dementes como Hitler, tenían una noción clara del valor de la cultura como factor de resistencia a la dominación extranjera.

Tomar las armas para dominar al un pueblo, es ante todo, tomar las armas para destruir o al menos neutralizar o paralizar su vida cultural. Porque siempre que exista una parte de ese pueblo que pueda tener una vida cultural, la dominación extranjera no podrá estar segura de su perpetuación.

Fruto de la historia de un pueblo, la cultura determina al mismo tiempo a la historia, por la influencia positiva a negativa que ejerce sobre la evolución de las relaciones entre el hombre y su medio y entre los hombres o los grupos humanos en el seno de una sociedad, al igual que entre las diferentes sociedades. La ignorancia de este hecho podría explicar el fracaso de numerosos intentos de dominación extranjera, así como el fracaso de algunos movimientos de liberación.

La característica principal, común a todo tipo de dominación imperialista, es la negación del proceso histórico del pueblo dominado, mediante la usurpación violenta de la libertad del proceso de desarrollo de las fuerzas productivas. El modo de producción cuyas contradicciones se manifiestan con más o menos intensidad a través de la lucha de clases, es el factor principal de la historia de cada grupo humano. Siendo el nivel de las fuerzas productivas la fuerza motriz verdadera y permanente de la historia.

El nivel de las fuerzas productivas indica, en cada sociedad, en cada conjunto humano considerado como un todo en movimiento, el estadio de desarrollo, en el cual se encuentra esa sociedad y cada uno de sus componentes ante la naturaleza, indica su capacidad para actuar o reaccionar consciente en relación con la naturaleza. Y condiciona el tipo de relaciones materiales que existen entre el hombre y su medio.

La cultura, cualesquiera que sean las características ideológicas o idealistas de sus manifestaciones, es por lo tanto un elemento esencial de la historia de un pueblo. La cultura es, tal vez la resultante de esa historia como flor es la resultante de una planta. Como historia, o porque es historia la cultura tiene como base material el nivel de las fuerzas productivas y el modo de producción.

Como sucede con la flor de una planta, es en la cultura donde reside la capacidad (o la responsabilidad) de la elaboración y de la fecundación del germen que asegura la continuidad de la historia, asegurando, al mismo tiempo, las perspectivas de evolución y de progreso de dicha sociedad.

En nuestra opinión, el fundamento de la liberación nacional, reside en el derecho inalienable de cada pueblo, cualesquiera que sean las formulaciones adoptadas en el plano del derecho internacional, de tener su propia historia. El objetivo de la liberación nacional es por lo tanto la reconquista de este derecho, usurpado por la dominación imperialista, o sea: la liberación del proceso de desarrollo de las fuerzas productivas nacionales.

Se ve entonces, que si la dominación imperialista tiene como necesidad vital el practicar la opresión cultural, la liberación nacional es necesariamente un acto cultural.

El carácter de clase de la cultura

Se puede considerar al movimiento de liberación como la expresión política organizada de la cultura del pueblo en lucha.

El movimiento de liberación, representante y defensor de la cultura del pueblo, debe estar consciente del hecho de que, independientemente de cuáles sean las condiciones materiales de la sociedad que representa, esa sociedad es portadora y creadora de cultura. El movimiento de liberación debe además comprender el carácter de masa, el carácter popular de la cultura, que no deberá ser el patrimonio de uno o de varios sectores de la sociedad. Y aunque la cultura tiene una carácter de masa no se desarrolla en forma uniforme en todos los sectores de la sociedad.

Es indispensable no perder de vista la importancia decisiva del carácter de clase de la cultura, en el desarrollo de la lucha de liberación. La experiencia de dominación colonial muestra que en el intento de perpetuar la explotación, el colonizador no sólo crea todo un sistema de represión de la vida cultural del pueblo colonizado, sino que incluso suscita y desarrolla la alienación cultural de una parte de la población, ya sea mediante la pretendida asimilación de los indígenas o mediante la creación de un abismo social entre las élites autóctonas y las masas populares.

Los objetivos de la resistencia cultural:

De todo lo que hemos dicho anteriormente, se puede concluir que, en el marco de la conquista de la independencia nacional y en la perspectiva de la construcción del progreso económico y social de un pueblo, estos objetivos deben ser, al menos los siguientes:

v Desarrollo de una cultura popular y de todos los valores culturales positivos, autóctonos.

v Desarrollo de una cultura nacional con base en la historia y las conquistas de la propia lucha.

v Elevación constante de la conciencia política y moral del pueblo (de todas las categorías sociales), al igual que del patriotismo, del espíritu de sacrificio, y de la devoción ante la causa de la independencia, de la justicia y del progreso.

v Desarrollo, con base en una asimilación crítica de las conquistas de la humanidad en los campos del arte, la ciencia, de la literatura, etc., de una cultura universal con el fin de lograr una perfecta integración en el mundo actual y ante las perspectivas de su evolución.

v Elevación incesante y generalizada de los sentimientos de humanismo, de solidaridad, de respeto y de devoción desinteresada ante la persona humana.

La resistencia cultural

Debemos trabajar mucho para liquidar de nuestra cabeza a la cultura colonial. Y queramos o no en la ciudad o en el campo, el colonialismo se metió en nuestras cabezas, en nuestras mentes. Nuestro trabajo ahora debe ser el sacar aquello que no es positivo y dejar aquello que es bueno.

Nuestra resistencia cultural consiste en lo siguiente: al mismo tiempo que liquidamos una cultura colonial y que eliminamos los aspectos negativos de nuestra propia cultura en nuestras mentes, en nuestro ambiente, tenemos que crear una cultura nueva, también basada en nuestras tradiciones, pero respetando todas aquellas conquistas realizadas hoy en día en el mundo con el fin de servir al hombre. Debemos limpiar de nuestra tierra toda la influencia nociva de la cultura colonial. Y el primer acto de cultura que debemos hacer en nuestra tierra es el siguiente: la unidad de nuestro pueblo, la necesidad de luchar y desarrollar en cada uno de nosotros una idea nueva que es el patriotismo, el amor por nuestra tierra. Esa es la primera parte de la cultura que debemos acrecentar y dar a nuestro pueblo Debemos mostrar el valor que tiene el resistirnos ante el enemigo, ante el extranjero en nuestra tierra. Juntaremos nuestras fuerzas para no permitir que nuestro pueblo, los hijos de nuestra tierra, sean pisoteados, humillados por gente extraña. Resistir culturalmente es entender que nosotros, en nuestra tierra tenemos derechos iguales a los de cualquier otra persona en su propia tierra. Si conseguimos hacer esto será un gran avance en nuestra cultura.

Cuando somos capaces de unirnos para resistir a nuestro enemigo, estamos aumentando nuestra cultura. Eso es también una prueba de cultura. Ser capaz de dar su vida. Quien es capaz de dar su vida por la patria sin pedir nada, ese es ahora un hombre culto en nuestra tierra.

Cultura es entender de hecho la situación concreta de su tierra para transformarla en el sentido del progreso. Debemos infundir, meter en la mente de cada uno de nosotros la confianza en nuestra victoria. Eso es un acto cultural también. Aguantar para no desistir nunca para no desesperar frente a ninguna derrota, porque no hay ninguna lucha que no tenga derrotas. Debemos hacer todo lo necesario para hacer desesperar al enemigo, para hacer desesperar a los agentes del enemigo. Esa es cultura.

Debemos, con base en el amor a nuestra patria, desarrollar nuestras danzas, nuestras canciones populares, nuestra música, hacer teatro, imitar a otras personas. Debemos desarrollar todo esto al servicio de nuestra lucha, con un contenido nuevo, o sea, con hechos y palabras nuevas.

Nuestra cultura es nueva, dentro o fuera de la escuela tenemos que ponerla al servicio de nuestra resistencia. Nuestra cultura debe desarrollarse a nivel nacional. Pero sin despreciar, sin considerar como inferiores a las culturas de otros pueblos y con inteligencia para aprovechar de la cultura de otros pueblos, todo lo que sea bueno para nosotros, todo lo que pueda ser adaptado a nuestras condiciones de vida. Nuestra cultura debe ser desarrollada sobre una base científica. Nuestra cultura tiene que ser popular, o sea, una cultura de masas, en la que toda la gente tenga derecho a ella. Además se deben respetar todos los valores culturales de nuestro pueblo, que merezcan ser respetados. Nuestra cultura no puede ser para una élite, para un grupo de personas que saben mucho. Todos los hijos de nuestra tierra deben tener derecho de avanzar culturalmente, de participar en nuestros actos culturales, de manifestar y de crear cultura..

Tenemos que desarrollar en nuestro pueblo entero, desde hoy, esta conciencia: cuando un ser humano está haciendo un trabajo debe hacerlo bien, perfectamente, lo más rápido posible y de la forma más simple. Debemos desarrollar en nuestra mente, en la mente de nuestra gente, la idea de la perfección. Así la perfección, el aprovechar bien el tiempo y el tener un sentido práctico de nuestras realizaciones, la capacidad de llevar a cabo hasta el fin cada obra, cada cosa que tenemos que hacer, es muy importante, es fundamental para nuestra cultura. Debemos trabajar mucho para construir una vida nueva.

Paulo Freire

La invasión cultural

En la teoría de la acción antidialógica, ésta es una característica fundamental: la invasión cultural. Característica que, como las anteriores, sirve a la conquista.

Ignorando las potencialidades del ser que condiciona, la invasión cultural consiste en la penetración que hacen los invasores en el contexto cultural de los invadidos. Imponiendo a éstos una visión, su visión del mundo, en la medida misma en que frenan su creatividad, inhibiendo su expansión.

En este sentido la invasión cultural, indiscutiblemente enajenante, realizada discreta o abiertamente, es siempre una violencia en cuanto violenta al ser de la cultura invadida, que o se ve amenazada o definitivamente pierde su originalidad. Por esto, la invasión cultural, como el resto de modalidades de acción antidialógica, los invasores son sus sujetos, actores y autores del proceso; los invadidos, sus objetos. Los invasores aceptan su opción (o al menos esto es lo que de ellos se espera). Los invasores actúan; los invadidos tienen la ilusión de que actúan, en la actuación de los invasores.

La invasión cultural tiene así una doble fase. Por un lado, es en sí dominante, y por el otro es táctica de dominación.

En verdad, toda dominación implica una invasión que se manifiesta no sólo físicamente, en forma visible, sino a veces disfrazada y en la cual el invasor se presenta como si fuese el amigo que ayuda.. En el fondo la dominación es una forma de dominar económica y culturalmente al invadido.

La invasión cultural coherente con su matriz antidialógica e ideológica, jamás pueda llevarse a cabo mediante la problematización de la realidad y de los contenidos programáticos de los invadidos. De ahí que para los invasores, en su anhelo por dominar, por encuadrar a los individuos en sus patrones y modos de vida, sólo les interesa saber cómo piensan los invadidos su propio mundo con el objetivo de dominarlos cada vez más. En la invasión cultural, es importante que los individuos vean su realidad con la óptica de los invasores y no con la suya propia. Cuanto más mimetizados estén los individuos, mayor será la estabilidad de los invasores. Una condición básica para el éxito de la invasión cultural radica en que los invadidos se convenzan de su inferioridad intrínseca. Los valores de los invasores pasan a ser la pauta de los invadidos. Cuanto más se acentúa la invasión, alienando el ser de la cultura en los invadidos, mayor es el deseo de éstos por parecerse a aquéllos: andar como aquellos, vestir a sus modos, hablar a su modo.

El yo social de los invadidos, que como todo yo social, se constituye en las relaciones socioculturales que se dan en la estructura, es tan dual como el ser de la cultura invadida.

Esta realidad es la que explica a los invadidos y dominados, en cierto momento de su experiencia existencial, como un yo casi adherido al tú opresor.

Al reconocerse críticamente en contradicción con aquél es necesario que el yo oprimido rompa esta casi adherencia "al tú opresor" separándose de él para objetivarlo. Al hacerlo "ad-mira" la estructura en la que viene siendo oprimido, como una realidad deshumanizante.

El cambio de la percepción del mundo, que implica la inserción crítica en la realidad, los amenaza (a los invasores). De ahí que la invasión cultural aparece como una característica de la acción antidialógica.

En la medida en que una estructura social se denota como estructura rígida, de carácter dominador, las instituciones formadoras que en ella se constituyen estarán, necesariamente, marcadas por su clima. Los hogares y las escuelas no pueden escapar a las influencias de las condiciones estructurales objetivas. Funcionan, en gran medida, en las estructuras dominadoras, como agencias formadoras de futuros "invasores".

Esta influencia del hogar y la familia se prolonga en la experiencia de la escuela. En ella, los educandos descubren temprano que, como en el hogar, para conquistar ciertas satisfacciones deben adaptarse a los preceptos que se establecen en forma vertical. Y uno de esos preceptos el el de no pensar.

Introyectando la autoridad paterna a través de un tipo rígido de relaciones, que la escuela subraya, su tendencia, al transformase en profesionales por el miedo a la libertad que en ellos se ha instaurado, es la de aceptar los patrones rígidos en los que se deformaron.

Tal vez esto, asociado a su posición clasista explique la adhesión de un gran número de profesionales a una acción antidialógica. A pesar de que sienten la necesidad de renunciar a la acción invasora, tienen en tal forma introyectados los patrones de la dominación que esta renuncia pasa a ser una especie de muerte paulatina.

Renunciar al acto invasor significa, en cierta forma, superar la dualidad en que se encuentran como dominados por un lado, como dominadores por el otro. Significa renunciar a todos los mitos de que se nutre la acción invasora y dar existencia a una acción dialógica.

En el fondo ni los profesionales ni cualquier otro grupo de dominados están actuando por sí mismos. Ni los unos ni los otros son teóricos o ideólogos de la dominación. Al contrario, son un producto de ella que como tal se transforma a la vez en su causa principal. Y sin embargo estos profesionales son necesarios para la reorganización de la nueva sociedad. Dado que un gran número de ellos, aunque marcados por su "miedo a la libertad" y renuentes a adherirse a una acción liberadora, son personas que en gran medida están equivocadas, nos parece que no sólo podrían sino que deberían ser recuperados por la revolución.

Esto exige de la revolución en el poder que, prolongando lo que antes fue una acción cultural dialógica, instaure la "revolución cultural". De esta manera, el poder revolucionario, concientizado, concientizador, no sólo es un poder sino un nuevo poder, un poder que no es sólo el freno necesario a los que pretenden continuar negando a los hombres, sino también la invitación valerosa a quienes quieran participar en la reconstrucción de la sociedad.

En este sentido la "revolución cultural" es la continuación necesaria de la acción cultural dialógica que debe ser realizada en el proceso anterior del acceso al poder. La reconstrucción de la sociedad, que no puede hacerse en forma mecanicista, tiene su instrumento fundamental en la cultura, y culturalmente se rehace a través de la revolución.

Tal como la entendemos la "revolución cultural" es el esfuerzo máximo de concientización que es posible desarrollar a través del poder revolucionario, buscando llegar a todos, sin importar las tareas específicas que éste tenga que cumplir.

Por esta razón, este esfuerzo no puede limitarse a una mera formación tecnicista de los técnicos, ni cientificista de los científicos necesarios a la nueva sociedad. No es posible que la sociedad revolucionaria atribuya a la tecnología las mismas finalidades que le eran atribuidas por la sociedad anterior. Consecuentemente varía también la formación que de los hombres se haga.

En éste sentido la formación técnico-científica no es antagónica con la formación humanista de los hombres, desde el momento en que la ciencia y la tecnología, en la sociedad revolucionaria, deben estar al servicio de la liberación permanente, de la humanización del hombre.

En la medida en que en que la concientización en y por la "revolución cultural" se va profundizando, en la praxis creadora de la sociedad nueva, los hombres van descubriendo las razones de la permanencia de las "supervivencias" del pasado, que en el fondo no son sino las realidades forjadas en la "vieja sociedad". Por medio de estar "supervivencias", la sociedad opresora continúa invadiendo ahora a la sociedad revolucionaria. Lo paradójico de ésta invasión es, sin embargo, que no la realiza la vieja élite dominadora reorganizada para tal efecto, sino que la hacen los hombres que tomaron parte en la revolución. "Alojando" al opresor, se resisten, como si fueran el opresor mismo, de las medidas básicas que debe tomar el poder revolucionario.

Como seres duales, aceptan también, aunque en función de las "supervivencias" el poder que se burocratiza, reprimiéndolos violentamente.

Por estas razones, defendemos el proceso revolucionario como una acción cultural dialógica que se prolonga en una "revolución cultural", conjuntamente con al acceso al poder.

De éste modo, en la medida en que líderes y pueblo se van volviendo críticos, la revolución impide con mayor facilidad el correr riesgos de burocratización que implican nuevas formas de opresión y de invasión, que sólo son nuevas imágenes de la dominación.

La invasión cultural, que sirve a la conquista y mantenimiento de la opresión, implica siempre la visión focal de la realidad, la percepción de ésta como algo estático, la superposición de una visión del mundo sobre otra. Implica la "superioridad" del invasor, la "inferioridad" del invadido, la imposición de criterios, la posesión del invadido, el miedo de perderlo. Aún más la invasión cultural implica que el punto de decisión de la acción de los invadidos esté fuera de ellos, en los dominadores invasores. Y, en tanto la decisión no radique en quien debe decidir, sino que esté fuera de él, el primero sólo tiene la ilusión de que decide.

Para que exista desarrollo es necesario que se verifique un movimiento de búsqueda, de acción creadora, que tenga su punto de decisión en el ser mismo que lo realiza.

Estamos convencidos que a fin de comprobar si una sociedad se desarrolla o no debemos ultrapasar los criterios utilizados en el análisis de sus índices de ingreso per cápita que, estadísticamente mecanicistas, no alcanzan siquiera a expresar la verdad. Evitar, asimismo los que se centran únicamente en el estudio de la renta bruta. Nos parece que el criterio básico, primordial, radica en saber si la sociedad es o no "un ser para sí", vale decir, libre. Si no lo es, estos criterios indicarán sólo su modernización mas no su desarrollo.

Unir para la liberación

Si en la teoría de la acción antidialógica se impone, necesariamente, el que los dominadores provoquen la división de los oprimidos con el fin de mantener más fácilmente la opresión, en la teoría dialógica de la acción, por el contrario, el liderazgo se obliga incansablemente a desarrollar un esfuerzo de unión de los oprimidos entre sí y de éstos con él para lograr la liberación.

La situación concreta de opresión, al dualizar el yo del oprimido, al hacerlo ambiguo, emocionalmente inestable, temeroso de la libertad, facilita la acción divisora del dominador en la misma proporción en que dificulta la acción unificadora indispensable para la práctica liberadora.

De éste modo si para dividir es necesario mantener el yo dominado "adherido" a la realidad opresora, mistificándola, para el esfuerzo de unión el primer paso lo constituye la desmitificación de la realidad.

Si a fin de mantener divididos a los oprimidos se hace indispensable una ideología de la opresión, para lograr su unión es imprescindible una forma de acción cultural a través de la cual conozcan el por qué y el cómo de su "adherencia" a la realidad que les da un conocimiento falso de sí mismos y de ella. Es necesario, por tanto, desideologizar.

El objetivo de la acción dialógica radica en proporcionar a los oprimidos el reconocimiento del por qué y del cómo de su "adherencia" para que ejerzan un acto de adhesión a la praxis verdadera de transformación de una realidad injusta.

El significar la unión de los oprimidos, la relación solidaria entre sí, sin importar cuáles sean los niveles reales en que éstos se encuentren como tales, implica, indiscutiblemente, una conciencia de clase.

Estamos convencidos de que es indispensable que estos hombres, adheridos de tal forma a la naturaleza y a la figura del opresor, se perciban como hombres a quienes se les ha prohibido estar siendo.

La "cultura del silencio" que se genera en la estructura opresora, y bajo cuya fuerza condicionante realizan experiencia de "objetos", necesariamente los constituye de esa forma.

Descubrirse por tanto, a través de una modalidad de acción cultural, dialógica, problematizadora de sí mismos en su enfrentamiento con el mundo, significa en un primer momento, que se descubran como Pedro, Antonio o Josefa, con todo el profundo significado verdadero que antes no tenían.

Se reconocen ahora como seres transformadores de la realidad, algo que para ellos era misterioso, y transformadores de esa realidad a través de su trabajo creador.

Descubren que, como hombres, no pueden seguir siendo "objetos" poseídos, y de la toma de conciencia sobre sí mismos como hombres oprimidos, deriva a la conciencia de clase oprimida.

A fin de que los oprimidos se unan entre sí, es necesario que corten el cordón umbilical de carácter mágico o mítico, a través del cual se encuentran ligados al mundo de la opresión. Por eso la unión de los oprimidos es reamente indispensable al proceso revolucionario y ésta le exige al proceso que sea, desde su comienzo, lo que debe ser: acción cultural. }

Acción cultural cuya práctica, para conseguir la unidad de los oprimidos, va a depender de la experiencia histórica y existencial que ellos están teniendo, en esta o aquella estructura.

Frantz Fanon

Compañeros: hay que decidir desde ahora un cambio de ruta. La gran noche en la que estuvimos sumergidos, hay que sacudirla y salir de ella. El nuevo día que ya se apunta debe encontrarnos firmes, alertas y resueltos.

Debemos olvidar los sueños, abandonar nuestras viejas creencias y nuestras amistades de antes. No perdamos en tiempo en estériles letanías o en mimetismos nauseabundos. Dejemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo.

Hace siglos que Europa ha detenido el progreso de los demás hombres y los ha sometido a sus designios y a su gloria; hace siglos que, en nombre de una pretendida "aventura espiritual" ahoga a casi toda la humanidad. Véanla ahora oscilar entre la desintegración atómica y la desintegración espiritual.

Y, sin embargo, en su interior, en el plano de las realizaciones puede decirse que ha triunfado en todo.

Europa ha asumido la dirección del mundo con ardor, con cinismo y con violencia. Y vean como se extiende y se multiplica la sombra de sus monumentos. Cada movimiento de Europa ha hecho estallar los límites del espacio y los del pensamiento. Europa ha rechazado toda humildad, toda modestia, pero también toda solicitud, toda ternura.

No se ha mostrado parsimoniosa sino con el hombre, mezquina, carnicera, homicida sino con el hombre.

Esa Europa que nunca ha dejado de hablar del hombre, que nunca ha dejado de proclamar que sólo le preocupaba el hombre, ahora sabemos con qué sufrimientos ha pagado la humanidad cada una de las victorias de su espíritu.

Compañeros, el juego europeo ha terminado definitivamente, hay que encontrar otra cosa. Podemos hacer cualquier cosa ahora a condición de no imitar a Europa, a condición de no dejarnos obsesionar por el deseo de alcanzar a Europa.

Europa ha adquirido tal velocidad, loca y desordenada, que escapa ahora a todo conductor, a toda razón y va con un vértigo terrible hacia un abismo del que vale más alejarse lo más pronto posible.

Es verdad, sin embargo, que necesitamos un modelo, esquemas, ejemplos. Para muchos de nosotros, el modelo europeo no es el más exaltante. Pero en las páginas anteriores hemos visto los chascos a que nos conducía esa imitación. Las realizaciones europeas, la técnica europea, el estilo europeo, deben dejar de tentarnos y de desequilibrarnos.

Cuando busco al hombre en la técnica y el estilo europeos, veo una sucesión de negaciones del hombre, una avalancha de asesinatos.

La condición humana, los proyectos del hombre, la colaboración entre los hombres en tareas que acrecienten la totalidad del hombre son problemas nuevos que exigen verdaderos inventos.

Decidamos no imitar a Europa y orientemos nuestros músculos y nuestros cerebros en una dirección nueva. Tratemos de inventar al hombre total que Europa ha sido incapaz de hacer triunfar.

Hace dos siglos, una antigua colonia europea decidió imitar a Europa. Lo logró hasta tal punto que los Estados Unidos de América se han convertido en un monstruo donde las taras, las enfermedades y la inhumanidad de Europa han alcanzado terribles dimensiones.

Compañeros: ¿no tenemos otra cosa que hacer sino crear una tercera Europa?. Occidente ha querido ser una aventura del espíritu. Y en nombre del espíritu, del espíritu europeo, Europa ha justificado sus crímenes y ha legitimado la esclavitud en la que mantiene a las cuatro quintas partes de la humanidad.

Sí, el espíritu europeo ha tenido singulares fundamentos. Toda la reflexión europea se ha desarrollado en sitios cada vez más desérticos, cada vez más escarpados. Así se adquirió la costumbre de encontrar allí cada vez menos al hombre.

Un diálogo permanente consigo mismo, un narcisismo cada vez más obsceno, no han dejado de preparar el terreno a un cuasidelirio, donde el trabajo cerebral se convierte en un sufrimiento, donde las realidades no son ya las del hombre vivo, que trabaja y se fabrica a sí mismo, sino palabras, diversos conjuntos de palabras, las tensiones surgidas de los significados contenidos en las palabras. Ha habido europeos sin embargo, que han invitado a los trabajadores europeos a romper ese narcisismo y a romper con ese irrealismo.

En general los trabajadores europeos no han respondido a esos llamados. Porque los trabajadores también se han creído partícipes en la aventura prodigiosa del Espíritu europeo.

Todos los elementos de una solución de los grandes problemas de la humanidad han existido, en distintos momentos, en el pensamiento de Europa. Pero los actos de los hombre europeos no han respondido a la misión que les correspondía y que consistía en pesar violentamente sobre esos elementos, en modificar su aspecto, su ser, en cambiarlos, en llevar finalmente, el problema del hombre a un nivel incomparablemente superior.

Ahora asistimos a un estancamiento de Europa. Huyamos compañeros, de ese movimiento inmóvil en el que la dialéctica se ha transformado poco a poco en lógica del equilibrio. Hay que reformular el problema del hombre. Hay que reformular el problema de la realidad cerebral, de la masa cerebral de toda la humanidad cuyas conexiones hay que multiplicar, cuyas redes hay que diversificar y cuyos mensajes hay que rehumanizar.

Hermanos, tenemos demasiado trabajo para divertirnos con los juegos de retaguardias, y en suma, lo ha hecho bien; dejemos de acusarla, pero digámosle firmemente que no debe seguir haciendo tanto ruido. Ya no tenemos que temerla, dejemos, pues, de envidiarla.

El tercer mundo está ahora frente a Europa como una masa colosal cuyo proyecto debe ser tratar de resolver los problemas a los cuales esa Europa no ha sabido aportar soluciones.

Pero entonces no hay que hablar de rendimientos, de intensificación, de ritmo. No, no se trata de volver a la naturaleza. Se trata concretamente de no llevar a los hombres por direcciones que los mutilen, de no imponer al cerebro ritmos que rápidamente lo menoscaban y lo perturban. Con el pretexto de alcanzar a Europa no hay intimidad, no hay que quebrarlo, no hay que matarlo.

No, no queremos alcanzar a nadie. Pero queremos marchar constantemente, de noche y de día, en compañía del hombre. Se trata de no alargar la caravana porque entonces cada fila apenas percibe a la que le precede y los hombres que no se reconocen ya, se encuentran cada vez menos, se hablan cada vez menos.

Se trata, para el tercer mundo, de reiniciar una historia del hombre que tome en cuenta al mismo tiempo las tesis, algunas veces prodigiosas, sostenidas por Europa, pero también los crímenes de Europa, el más odioso de los cuales habrá sido el descuartizamiento patológico de sus funciones y la desintegración de su unidad; dentro del marco de una colectividad la ruptura, la estratificación, las tensiones sangrientas alimentadas por las clases; en la inmensa escala de la humanidad, por último, los odios raciales, la esclavitud, la explotación y, sobre todo, el genocidio más sangriento que representa la exclusión de mil quinientos millones de hombres. No rindamos, pues, compañeros, un tributo a Europa creando estados, instituciones y sociedades inspirados en ella.

La humanidad espera algo más de nosotros que esa imitación caricaturesca y en general obscena.

Si queremos transformar a África en una nueva Europa, a América en una nueva Europa, confiemos entonces a los europeos los destinos de nuestros países. Sabrán hacerlo mejor que los mejor dotados de nosotros.

Pero si queremos que la humanidad avance con audacia, si queremos elevarla a un nivel distinto del que le ha impuesto Europa, entonces hay que inventar, hay que descubrir.

Si queremos responder a la esperanza de nuestros pueblos, no hay que fijarse sólo en Europa.

Además, si queremos responder a la esperanza en los europeos, no hay que reflejar una imagen, aun ideal, de su sociedad y de su pensamiento, por los que sienten de cuando en cuando una inmensa náusea.

Por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad, compañeros, hay que cambiar de piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo.